Banderas de nuestros Pedros

Recomienda Lakoff a quienes nos consideramos progresistas que no debemos caer en la manipulación propagandística ni en la tergiversación; que debemos construir un discurso creíble y alejado de la guerra civil cultural que plantea el neoconservadurismo en su lucha por mantener el poder. Pero apenas dice nada del populismo. Y, aunque la solución a este disparate se antoja difícil, no me preocupa tanto el daño infligido en este sentido como que haya calado el discurso en la “guerra de trincheras” de Pablo Iglesias.

Es un reto difícil luchar contra la manipulación, la posverdad, el maniqueísmo… sobre todo, como decía Churchill, ninguna batalla en política es tan peligrosa como aquella en la que se dispara con fuego amigo.

Porque el problema está en nosotros y son los nuestros. Hay militantes del PSOE que rechazan a González, Guerra, ZP o Rubalcaba y se sienten más representados por Zaida Cantera, a la que no conocen de nada y a la que ni siquiera pudieron elegir en ninguna asamblea local.

Hay algunos que justifican su pensamiento en que González está en un Consejo de Administración y, sin embargo, defienden a Borrell -indultado por Podemos- que está en idéntica situación.

Como decíamos ayer, la lucha por mantener la hegemonía a través de los símbolos no solo nos ha hecho daño desde fuera. Ahora, esta constante, se ha trasladado al escenario actual.

Entiendo que la fuerte simbología del “No es no”, en primer lugar, ofrece un indulto a quienes se han sentido menos de izquierdas al llegar un nuevo partido y, encima, otorga una excusa a quien tiene un problema de otro tipo (llámese esto descontento con su dirección local, provincial, etc.)

Y es por eso que ahora se conforma una candidatura de la verdadera izquierda del PSOE o de las bases, como si los demás fuéramos laterales derechos o mediopensionistas. Y entre quienes se creen legítimos y en el deber de visar nuestros carnés socialistas podemos encontrar a personas que son tan socialistas como roja es la camiseta del Betis. Entre quienes vienen a regenerar el partido, hay personas que llevan cuarenta años en un cargo público. Entre quienes apuestan por la participación de la militancia, hay quienes impusieron gestoras o quienes ni siquiera dejaban votar en sus propias asambleas -algo que yo mismo he sufrido-. Entre los del “no es no”, hay quienes pactaron gobiernos locales con el PP o quienes, hace unos meses, empezaron cerrando un acuerdo con Ciudadanos antes que con nadie. Entre quienes apuestan por los jóvenes, la única cantera que iba en las listas era el apellido de Zaida.

Hace un año y medio, Pedro Sánchez se presentó como candidato a la Moncloa con una gran bandera de España detrás. A mí me pareció bien. Se trataba de recuperar espacios que el PSOE -toda la izquierda española- había perdido. Por entonces no había catorces de abril. Nada de puño en alto, ni de cantar La Internacional ondeando banderas republicanas. Ahora la lucha por la hegemonía es otra, es interna. Ahora toca rescatar a Largo Caballero, a Besteiro y a Indalecio Prieto; los símbolos, el color, y el puño y la rosa.

Hace unos días, leía a un compañero mío comparar el acto de presentación de Pedro Sánchez en Dos Hermanas con las manifestaciones por la autonomía andaluza o contra la guerra de Irak.  Mi compañero describía el acto de Dos Hermanas en un lago en el que le pareció “que sus aguas se movieron” mientras cantaba, después de muchos años, La Internacional.

Aunque me resultó un tanto frívola la comparación, me di cuenta de que todo era una trampa: una cuestión de perspectiva. Un día vale una cosa y otro día vale otra. El mismo punto, una dimensión poética, coctelera, mezcla y el resultado que queramos. Eastwood estrenó las dos películas en cuestión de meses. Aunque Cartas desde Iwo Jima es ligeramente superior, no podría entenderse sin la visión americana y es, precisamente, Banderas de nuestros padres la que hace necesaria a la otra.

En fin, que me puse a tararear La Internacional y se me vino a la cabeza una bandera de España tan grande como un campo de fútbol.

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Cartas desde Casa Labra

Si hay algo que tenemos que agradecer a Podemos (más bien a Íñigo Errejón) es que haya devuelto a la actualidad la obra de Antonio Gramsci y, mucho más aún, que rescatase su concepto de hegemonía en una suerte de reinterpretación que ya quisiera Laclau.

El nuevo concepto de hegemonía, casi un siglo después del de Gramsci, explica de igual forma la falta de valores del postmodernismo que la crisis política actual.

La hegemonía como forma de acceso al poder actual. Que la gente se crea el nuevo discurso para encumbrar al nuevo líder al espacio hegemónico vigente. Esto pasa por crear nuevas instituciones o, al menos, estados de opinión que permitan acabar con las instituciones  hegemónicas dominantes.

En la guerra de posiciones por controlar el espacio político hay que tener una presencia constante en los medios masivos de comunicación donde colar el nuevo relato hegemónico.

Además, hay que acabar con los símbolos, con los valores, con la ideología dominante.

Ya decía que esta teoría marxista postmoderna, sin duda alguna, merece ser estudiada, tal como han hecho en Podemos, porque así podremos entender mejor algunas cosas.

En los últimos años, el PSOE ha ido perdiendo algunos de sus símbolos y abandonando la vanguardia en algunos de los discursos sociales. En algunas ocasiones, la realidad se ha cebado con la utopía o, como en la actualidad, nuevos actores políticos han pugnado por espacios que, conformando nuevos estados de opinión, han acabado conquistando. En otras, ha sido el propio PSOE el que ha sustituido un símbolo por otro, algo que, como sostenía Tillich, es un error cuando hablamos de política. Y, de esta forma, desaparecieron el puño y la rosa, o el periódico -ahora recuperado- El Socialista o, por ejemplo, se utilizó el color azul en lugar del rojo en algunas campañas electorales.

Pero no sólo hablamos de logos, banderas y colores. Ahora estamos asistiendo al deterioro constante de la imagen pública de los más conocidos valores del socialismo español. Así, en el último año, se ha desprestigiado a Felipe González, a Alfredo Pérez Rubalcaba, a Zapatero, a Alfonso Guerra y a todo el que hubiera sido un potencial peligro -entendiéndose esto como aglutinador de socialistas-.

Lo cierto es que debemos reconocer a los teóricos políticos de Podemos que esta batalla la van ganando en su lucha por la hegemonía rescatada de Gramsci. Mientras ellos han repescado con vítores y loas a Anguita o Monereo, muchos socialistas han ido renegando de sus propios compañeros y, al final, se han perdido por no encontrar ningún faro que guíe su militancia.

Desde las declaraciones de la “cal viva” hasta ahora, parece como si el PSOE no hubiera hecho nada en este país, no ya desde la llegada de la Democracia, sino en ninguno de sus casi 140 años de historia.

Es una cuestión de perspectiva, tal como Clint Eastwood retrata en su díptico  sobre la batalla de Iwo Jima, que inspira estas líneas.labra

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