Don Pablo Iglesias Posse, 91 años después.

En diciembre de 1931, un jovencísimo Santiago Carrillo (con 16 años) entrevista para Renovación (revista de las Juventudes Socialistas) a Amparo Meliá, la que fuera compañera de Pablo Iglesias, en el sexto aniversario de su muerte.

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Sobre Pablo:

“La mejor definición de Pablo es esta: Si todos se hubieran marchado del PSOE, y lo hubieran abandonado, Pablo hubiera seguido siendo socialista”.

 

Sobre quienes no saben apreciar el sacrificio de los socialistas (a raíz de pactar con los republicanos de derechas en las Cortes constituyentes):

 “¡Si Pablo viera este avance que hemos dado! Yo le doy mi palabra de que no se lo esperaba. Aun a pesar de nuestra posición y de nuestro poder, sufro pensando en la posibilidad de un retroceso. Como hemos ido tan deprisa… Me gustaba mucho antes ir a las Cortes. Pero ahora sufro cuando veo que algunos no saben apreciar el sacrificio de los socialistas y no comprenden las renunciaciones que nos cuesta el ir unidos con enemigos nuestros. Me duele como si me dieran un latigazo. Porque enemigos nuestros son los republicanos y, sin embargo, las circunstancias nos han unido con ellos, y sufro pensando que quienes no saben apreciar esas circunstancias y ese sacrificio nos atacan. La única tarde que he ido a presenciar la labor de las Cortes constituyentes me he puesto enferma”.

 

Sobre su valor:

“Él sentía cuanto hablaba. No le ocurría lo que a otros, que para pronunciar un discurso estudian muchos libros y se llenan la cabeza de literatura. Él no tenía tiempo para gastarlo en eso. El valor de Pablo era precisamente que todo lo que hablaba lo producía su inteligencia; era propio de su inmensa vida anterior. En el Parlamento pronunció muchos discursos que tuvieron gran resonancia, y que la mayoría de las veces eran fruto de la improvisación. Hubo veces de estarse hasta las cuatro de la madrugada despachando la correspondencia del partido, de acostarse dos horas, chapuzarse un poco e ir al Congreso. Y era entonces cuando le salían los discursos mejor”.

 

Tras el asesinato de Canalejas:

“Por aquel entonces vino un amigo a decirme a mí que los estudiantes habían organizado una manifestación dando ‘mueras’ a Pablo (…) a Pablo no le causaban tanto daño las calumnias de los enemigos como un desvío o un ataque de los camaradas”.

 

 

Sobre la escisión comunista:

“La escisión le hirió en lo hondo. Pero tuvo al mismo tiempo la satisfacción de quitar la careta de algunos que estaban encubiertos. Para él fue un desengaño y una alegría. En una ocasión se reunió en casa el Comité ejecutivo del partido. No recuerdo quiénes asistieron a esa reunión. Me parece que, entre otros, estaban Quejido, Ovejero, Núñez de Arenas… Casi todos eras comunistas y estaban influenciados por Rusia. Uno de los reunidos presentó una proposición en la que decía que debía deshacerse el Partido y formar un organismo al estilo de los rusos. A Pablo aquello le sentó como un latigazo. “¿Qué has dicho?”, le preguntó extrañado. Como si fuera una herejía, pronunció un ardiente discurso, en el que defendió por encima de todo la unidad y la vida del Partido. En aquella reunión todo quedó bien; pero después vino la escisión. Yo entonces sufrí mucho porque había llegado a querer a Quejido (primer Secretario General del PCE) como si fuera un hermano. También sufrí una decepción grande con Anguiano. Pero esa decepción no la motivó la traición que hizo a Pablo, sino la traición que hizo a Besteiro en el Congreso de La Haya. Me pareció aquello algo propio de un hombre de condición moral muy baja (se refiere a que los detuvieron en Holanda por llevar Anguiano una carta oculta para los rusos en la que solicitaba dinero para propaganda comunista)”.

 

Para terminar:

“El Partido era su cariño y el mío. También yo he sido siempre socialista, muy socialista. Mi Socialismo era él, y él era el Socialismo de todos”.

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