La sonrisa de mi tía Pepa

Esta es la historia de Josefa Carrasco Patricio (publicada el 6 de abril de 2014 en el Huelva Información), aunque también es la de Elisa Bartroli.

Dos mujeres unidas por dos guerras.

 

El 12, el 17 o el 18 de marzo de 1909 nació Josefa Carrasco Patricio, Pepa, en El Cerro de Andévalo. El 12, según la partida de defunción; el 17, según el acta de nacimiento del Registro Civil de Cortegana, y el 18, según el Registro Civil de El Cerro de Andévalo y su acta de matrimonio. Y esto es muestra de lo que fue su vida. 
 
Josefa Carrasco, en una imagen del expediente policial.
 
El caso es que jamás pudo celebrar nada, ni siquiera su cumpleaños. Nació en el número 20 de la empinada calle El Sol, que termina cerca del camino que va a la mina de La Joya, donde trabajaba su padre, José, como minero. En esa casa de tres dormitorios y con una cuadra al fondo, José y Catalina criaron a sus diez hijos: Isabel, Rosa, Ana, María, Sebastiana, Benita, Benito, Águeda, Catalina y la propia Josefa. 
 
Tantos eran y tan poco había para comer que ya desde niñas estaban sirviendo unas y trabajando en el campo otras. Más tarde, en 1924, cerró la mina de La Joya y José encontró trabajo en la mina de El Lomero y allí la compañía francesa de Piritas de Huelva le dispuso una casa. En esta mina cerreño-corteganesa transcurrió casi toda la juventud de Josefa, dedicada a ayudar a su madre en las labores del hogar. 
 
Es aquí donde conoció a Estanislao Palomo, un obrero de Calañas que se marchó poco después a trabajar a las minas sevillanas de Aznalcóllar. Para poder irse con él decidieron casarse. Era la única solución para una mujer que, según el registro civil, tenía como profesión “la de su sexo”. 
 
Estanislao tenía 29 años y ella 27 aquel sábado 20 de junio de 1936 en el que se dieron el “sí, quiero”. En El Cerro de Andévalo aún estaban ajenos al golpe militar que se estaba fraguando, a pesar de que los últimos meses las huelgas, los atentados y la crispación política habían llevado al país a una situación desalentadora. 
 
Benito Carrasco, cumpliendo el servicio militar
 
Tras los días de boda en El Cerro, Estanislao y Josefa se marcharon a Aznalcóllar, en lo que fue su único viaje de novios. 
 
Horas después del golpe militar del 18 de julio, la Junta de Defensa Local de Aznalcóllar tomó armas y procedió a repeler los primeros intentos de las tropas golpistas. No duraron un mes. Las tropas de Queipo de Llano llegaron a finales de agosto. Muchos pudieron huir a la sierra. Gracias al testimonio de Juan Manuel Moraño Valle, recogido por su sobrina Trinidad Infante, sabemos que entre los primeros fusilados estaba Estanislao Palomo. En su partida de defunción aparece el 5 de octubre de 1936, claro que esta se registró en 1980 y se desconoce si es veraz. Estanislao Palomo yace en una fosa común, sobre una antigua bocamina, en el cementerio de Aznalcóllar, junto a casi 300 víctimas más. 
 
El testimonio oral transmitido en la familia cuenta que Estanislao estuvo preso en el barco-prisión Cabo Carvoeiro y después lo mataron. El investigador Rafael Adamuz no ve descabellada la teoría de que lo detuvieran en Aznalcóllar, población en la que Queipo de Llano había encontrado mucha resistencia y que, incluso, había bombardeado; que más tarde le hicieran un juicio sumarísimo -o no- en el “barco de la muerte” y lo trasladaran a Aznalcóllar, donde le aplicaron el Bando de Guerra. Yo creo que a Estanislao lo fusilaron a finales de agosto y que a Josefa, que iba todos los días a preguntar por él al destacamento del ejército sublevado, le dijeron que se lo habían llevado al barco-prisión detenido para que se callara. 
 
Postal desde Le Creusot, donde fue para “acompañar a los señores Brandon”.
 
Fuera como fuese, Estanislao murió entre agosto y octubre del 36. Un día, de esos en los que Josefa iba a preguntar por su marido entre sollozos, un soldado falangista le dio varios golpes con la culata del fusil. Josefa abortó la única vida que le quedaba de su marido. No llevaba ni dos meses casada, enviudó y perdió a su hijo a la vez; y enlutó para siempre. 
 
Casi dos meses esperó en Aznalcóllar a que su padre fuera a buscarla para llevarla de vuelta a El Lomero. Era muy difícil viajar en territorio de guerra. Volvió, junto a su padre, con un mueble y un sofá, pero sin marido y sin su futuro hijo. 
 
Los siguientes años no fueron mejores. Juan Patricio Valle, hermano de su madre, fue fusilado el 24 de noviembre de 1936 en la cárcel de Huelva. Al año siguiente, el 13 de noviembre de 1937, otro tío materno, Manuel Patricio Valle, fue fusilado en el cementerio de Calañas junto a diez cerreños más. Casi 72 años después, en 2009, se realizó la exhumación gracias al trabajo de Francisco Javier González Tornero, y se procedió a enterrar a estos once hombres. Benito Carrasco “el señorito”, primo hermano, también fue fusilado. 
 
Pero lo más duro para ella, sin lugar a dudas, fue la muerte de su hermano Benito, su único hermano, su hermano pequeño, con el que se llevaba poco más de un año. Fue una tragedia para toda la familia difícil de superar. 
 
Eliane Plewman, espía inglesa y miembro de la Resistencia francesa.
Benito se alistó por obligación al ejército sublevado. Era cabo del Regimiento de Infantería Cádiz 33. Murió en el Valle de los Pedroches el 4 de agosto de 1938, “tercer año triunfal” según publicó el Diario de Cádiz
 
Al terminar la Guerra Civil, Josefa se marchó a Madrid, a una casa que su hermana Isabel, que también servía allí, le buscó en la calle Rafael Calvo, del castizo barrio de Chamberí
 
De profesión sirvienta, dicen los papeles que hay sobre Josefa en la Jefatura Superior de Policía. Y soltera, también dicen, quizás por esconder cómo murió su marido. Estos expedientes eran para solicitar el pasaporte, en 1950, cuando ya se había trasladado a la calle Cervantes. Podía viajar, para “acompañar a sus señores”, a “Europa, excepto Rusia”. Los señores de la casa eran el empresario inglés Eugene Browne y su esposa española, Elisa Francesca Bartroli, padres de Henry, Albert y Eliane. La familia se había reagrupado en Madrid, en 1940, tras haber pasado por Marsella y Leicester. 
 
Henry (1913) murió repentinamente en 1937, a los 24 años, mientras la familia vivía cerca de Leicester
 
Albert, nacido en 1915, fue agente secreto británico de las fuerzas especiales que organizaba la resistencia francesa contra los nazis. Fue condecorado por Francia y el Reino Unido al terminar la II Guerra Mundial. Murió en Barcelona en 1967
 
Eliane (1917) fue agente secreta británica en España y Francia. Con 25 años ya había trabajado en la embajada británica en Lisboa. Después se marchó a Londres a un puesto que le ofrecieron en el Ministerio de Información inglés, en tareas de prensa en español, gracias a su conocimiento de idiomas. 
 
El 28 de julio de 1942, Eliane pasó a ser la señora Plewman al casarse con un joven soldado de artillería llamado Thomas Plewman. A partir de noviembre de ese año llegaban noticias de la ocupación total de Francia por parte de las fuerzas del Eje. En pocos meses se incorporó a la Dirección de Operaciones Especiales y se convirtió en una de las agentes secretas inglesas más importantes de la Segunda Guerra Mundial. 
 
El 24 de marzo de 1944 la red de resistencia a la que pertenecía fue delatada y todos fueron detenidos. La Gestapo la torturó de las más crueles formas durante semanas. Con 27 años fue detenida por los nazis. Torturada durante un mes por la Gestapo. De Marsella la enviaron a la prisión de Fresnes (París). El día 12 de mayo la enviaron a la prisión de Karlsruhe. En unos meses la clasifican como N+N (Nacht und Nebel -noche y niebla); esto es, ejecutada y quemada. 

Barco Prisión, Cabo Carvoeiro 


La madrugada del 12 de septiembre de 1944 fue trasladada en tren a Múnich, junto a dos compañeras, y de ahí las llevaron caminando al campo de concentración de Dachau. Al día siguiente, a las 08:20 de la mañana, las sacaron de la celda y las llevaron a la pared de entrada al horno crematorio. Las tres prisioneras se agarraron las manos. Los dos oficiales de las SS le pegaron un tiro en la nuca a cada una. En el suelo yacían sus tres cuerpos encadenados antes de que las llevaran a cremar. Fueron tres de las más de 42.000 víctimas asesinadas allí. 
 
En Marsella, Surrey o en Valençay aún hay placas en su honor. Ha sido homenajeada en múltiples ocasiones por su lucha para organizar la resistencia francesa. 
 
Murió a los 26 años, tan sólo dos años después de casarse. Su madre Elisa, enlutó para siempre, y Josefa perdió a su primera amiga de Madrid. 
 
Josefa ayudó mucho a Elisa porque habían pasado por lo mismo y tanto Josefa como Elisa se murieron sin poder hablar de sus familias, ni siquiera contar cómo había muerto el marido de una o la hija de la otra. 
 
Juntas hicieron varios viajes al sur de Francia, una vez terminada la II Guerra Mundial, quizás siguiendo los últimos pasos de Eliane. 
 
Josefa estuvo en casa de Elisa hasta que se murió su madre, entonces volvió a El Cerro para cuidar de su padre, hasta que él también murió. Entonces se puso a vender café de contrabando que llevaba al pueblo María “la del café” y a limpiar el Bar Norica. 
 
Estuvo limpiando casas para poder vivir hasta 1979 (71 años) que fue cuando mi tío José le arregló los papeles para registrar el fallecimiento en la Guerra Civil de su marido y que así pudiera cobrar una mínima pensión. Josefa tuvo la primera alegría de su vida. Mis hermanos y primos iban a visitarla a su soleada casa de la calle El Sol, y allí murió el 11 de mayo de 1981. Poco pudo disfrutar de su jubilación. 
 
Éste es el resumen de una vida intensísima de una mujer luchadora rodeada de grandes mujeres
 
Mi madre siempre me ha contado la historia de su tío Benito y de su tía Pepa y una tarde cualquiera empecé a buscar datos. Gracias a la ayuda del investigador Francisco Javier Tornero pude atar algunos cabos. A los meses, cuando le conté esta historia a mi madre: la de Josefa y la de su querida señora Elisa y su hija Eliane, mi madre lloró. 
 
Yo también lo hice muchas veces. No la conocí, apenas tenía un año cuando murió, pero desde que empecé a investigar su vida no hay día que no mire su foto porque, después de todo, sonríe. Vivió una realidad más dura que cualquier ficción, que cualquier película. Rodeada de muerte, de guerras y de sufrimiento. 
 
Me pregunto todos los días si es justo que haya personas buenas que pasen por esta vida sin poder paladear la felicidad pero, después, miro su foto y sonríe. He derramado lágrimas al escribir su vida, al contarla y al recordarla; siempre me pongo muy triste, pero después tengo su sonrisa grabada en la retina y me alivia. 
 

Es justo que yo te escriba esto y dejes de ser anónima. Es justo que deje escritos los asesinatos de Estanislao, de Juan y Manuel Patricio, y de Eliane. Tienen un lugar en mi memoria, igual que tú. Gracias por dejarme tu sonrisa, tita Pepa.

 

PD.- Hoy, 24 de noviembre de 2016, al transcribir esta historia con el único fin de no perderla, he vuelto a llorar. 

Con el paso del tiempo -y de la obsesión- he conseguido muchos más datos de toda esta historia -que aún la hacen más dura- y, lo más importante, localicé a una nieta de Elisa que vive en Barcelona.

Ella, Margaret Browne, me corrigió, intercambiando mails, fechas y lugares:

“Mi abuela murío hace tiempo y mi madre la única que me podía contar ha muerto también. Yo solo le puedo contar cosas de mi familia.

Henry murío de peritonitis en Inglaterra. Mi padre Albert murío en Madrid. Mi tía Eliane murío en Dachau en el año 1944. Mi abuela recibío un telegrama anunciando su muerte en el año 1946 o 1948 (Esta la última cifra un poco borrosa) esta en mi  poder el telegrama”.

Es cierto que, desde entonces, no dejo de pensar en Josefa, en mi tía Pepa. No me la quito de la cabeza. Algunas personas que la conocieron me hablan de su bondad, algunos vecinos de El Cerro de Andévalo escribieron al Huelva Información ahondando en esta virtud. 

Hace poco mi madre fue al cementerio de El Cerro a limpiar su lápida, por el Día de los difuntos, y yo no pude acompañarla. Le pedí otra vez a mi madre que me explicara bien dónde está su nicho.

Tengo pendiente visitar Aznalcóllar e investigar aún la historia de Estanislao, porque se lo debo a mi tía.

¡Ay, mi tía Pepa! Creo que ella no llegó a verme porque tenía cataratas, pero me dejó su sonrisa.

Mi abuela Sebastiana, su hermana, que murió algunos meses después que ella, me tenía en brazos a todas horas y estoy seguro de que me susurraba las historias de su -mi- familia.

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