Militantes, no militares.

Militar en un partido político no es fácil. A veces –ya lo han dicho otros- se milita, pero no se simpatiza. Formar parte de un partido político es aceptar la forma en la que está organizado. Eso pasa en cualquier grupo formal o informal en los que participemos: hay que aceptar las reglas. No es obligatorio militar, por lo tanto, siempre queda el compromiso que uno adquiere como límite de lo que está dispuesto a conceder al espacio común.

Quien ha militado en cualquier partido ha sopesado, en algunas ocasiones, si merece la pena hacerlo o no. Tiene que ver más con una historia de arraigo común y encuentro, que con los dislates ocasionales. Si no, no se explicaría tener que pagar una cuota y acatar constantemente las decisiones que han tomado, en muchas ocasiones, sin contar contigo.

Es como el fútbol. No puedo explicar por qué soy del Betis, del Barça, del Sevilla, del Atleti o del Madrid sino es porque mi abuelo, mi hermana, mi padre, mis amigas o mis vecinos me enseñaron a serlo. No hay más.

En incontables ocasiones no he sabido explicar con atino por qué soy del PSOE. No supe entender algún indulto o alguna reforma, como para poder defenderlo fuera.

Y pasa como con todo en la vida. Para mí, mi familia es la mejor; mi equipo es el mejor; mi pueblo es el mejor; mi partido es el mejor. Después, cuando uno se para a pensar, se da cuenta de que su familia no es perfecta, su equipo juega mal, su pueblo no es del todo bonito, y su partido mucho menos. Y es que la vida trata de elecciones, con fortuna o sin ella, que hagan sentirte bien.

Claro que sería más fácil no ser de ningún partido, o poder cambiar, con coherencia, de uno a otro. Seguro que es lo más sano y lo más inteligente pero, a quien le guste mucho la política, sabe que, al final, termina mojándose más y más, hasta que le cala.

Sin embargo, la implicación -que es más pasional que racional- tiene que tener unos límites. En ningún caso un partido político puede convertirse en un ejército. De ninguna forma sus militantes, simpatizantes o votantes, pueden parecerse a hinchas de un equipo de fútbol. Siempre deben existir unas reglas básicas que, en el caso de los militantes de mi partido, son los estatutos y reglamentos que nos hemos dado.

En el PSOE se “respeta la libertad de conciencia y la libertad de expresión en el seno del Partido y se garantiza la total libertad de discusión interna”. Además, su organización se inspira en “el cumplimiento de las decisiones adoptadas por los órganos competentes”.

Los afiliados y afiliadas “no pueden prestar su apoyo o participar en manifestaciones, actos o cualquier otra iniciativa política promovida por otras organizaciones expresamente prohibidas por los órganos del Partido o cuya convocatoria encierre contradicción con las resoluciones del Comité Federal y/o Congresos del Partido”. En el caso de que “se observe mala conducta cívica o ética, falte al programa o a los acuerdos o resoluciones del Partido, exprese públicamente sus opiniones en términos irresponsables o con deslealtad al Partido o a sus afiliados y afiliadas, cometa actos de indisciplina, injurie o calumnie a alguna persona afiliada, o de cualquier otra forma viole las obligaciones que a todos los afiliados o afiliadas del Partido imponen los presentes estatutos, será sancionado –incluso con la expulsión-“.

Quizás, para algunos, sea un excesivo peaje y, es por eso, que tanto para afiliarse como para darse de baja, sólo es necesario pedirlo.

No es normal que haya militantes que desconozcan nuestros Estatutos y menos que, aun así, tengan cargos orgánicos e institucionales. No puede ser que militantes insulten, injurien o calumnien a otros compañeros por tener una opinión distinta; o que no acaten las resoluciones del mayor órgano entre Congresos.

Seguramente tengamos que evolucionar en los mecanismos de participación de la militancia, en la transparencia, en abrir el partido a la sociedad; pero no podemos olvidar que, mientras cambiamos nuestras normas, nos dimos unas que siguen en vigor.

No estamos en una Compañía, somos compañeros. No somos militares, somos militantes. Y, aquí, los golpes nos lo hemos dado todos juntos, en innumerables ocasiones, pero también nos hemos levantado. Porque, en el PSOE, Guerra significa Alfonso. Los socialistas han muerto en el mismo bando, tanto en el 36 como luchando contra ETA. Así que ya está bien, ya está bien: No se conquista una idea con un ejército.

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