No, compañero: Susana es de derechos.

En estos días leo insultos de todo tipo a cuenta de la situación por la que está pasando el PSOE. La mayoría de ellos, una vez revisados sus perfiles en redes sociales, son de ilustrados militantes y/ o simpatizantes de Podemos que aprovechan para pescar en río revuelto. Sin embargo, a veces, uno se encuentra con algún militante socialista y, he aquí, el trago doloroso.

Algunos de los nuestros compran el discurso fácil porque así se impregnan del marchamo de la izquierda más auténtica, aunque eso contradiga otras cuestiones con las que predica.

Esto es: soy de izquierdas pero puedo hacer comentarios machistas o soy de izquierdas y además sé distinguir quién es más o menos que yo, entre mis propios compañeros, mejor que el barómetro del CIS.

Y, entre todo esto, me encuentro con algo que me parece del todo injusto e innecesario, que es  comprar la mentira a pesar de todo.

Llevamos meses asistiendo a una campaña de descrédito contra Susana Díaz, tanto desde la izquierda como desde la derecha. Ya sé que entra dentro de esa incierta normalidad política y, además, parece más propiciada por el temor que inspira en sus contrincantes políticos enfrentarse a ella en las urnas.

El que asista a algún Pleno del Parlamento andaluz puede observar cómo, en los últimos meses, el portavoz popular ha tachado incansablemente de ambiciosa o de soberbia a Susana Díaz, desprendiendo un ligero tufillo machista. Porque aún parece que si una mujer gobierna, tiene poder o manda, está mal, ya que esto solo está reservado a los hombres. Basta con observar la campaña estadounidense y comprobar cómo Trump recurre al machismo, una y otra vez, intentando asociar a Hillary la imagen de una mujer que abandona a su familia por alcanzar el poder. En fin, lo de siempre.

En estos días he encontrado memes faltos de gracia que, precisamente, atacan a Susana Díaz por ser mujer, ya que en nuestro país si una mujer alcanza la cima del poder político o empresarial es, cuando menos, porque es muy mandona.

Pero también cierta prensa se presta a esto. Desde Mercedes Milá, que no confía en una mujer que siempre se peina igual, a los artículos sobre los hombres que están detrás de ella –porque sin hombres es muy difícil que llegue a ningún lado-. Incluso, habitualmente, se recurre a su condición de madre con normalidad, algo que no se hace con políticos que son padres.

A todo esto se enfrenta cualquier mujer de nuestro país que llegue a dirigir una organización de cualquier tipo, ya sé que no le ocurre solo a Susana Díaz. Pero esto venía a explicar la tristeza que me produce encontrar los mismos comentarios machistas calcados a personas que, precisamente, están acusándola de ser muy de derechas y ser ellos muy de izquierdas.

Y es que hay mucha gente de izquierda, con el carné de ser de izquierda -que debe ser como una cartulina roja, por puntos, que te entregan con el Pravda-, pero que resultan que no son de izquierda ni a la hora de cortar el pan en sus casas.

Acusan de derechistas a los únicos políticos que están resistiendo, con políticas de izquierda, a la derecha en este país.

Y te encuentras con que Susana Díaz es de derechas, porque esto ya lo dijeron los de PODEMOS esos que suben sus fotos  yendo a la Semana Santa -se sabe que en Andalucía la Semana Santa es para algunos fanáticos derechistas-.

Y, con total impunidad moral, viviendo en la mayoría de los casos en comunidades gobernadas por el PP, se enrocan en que Susana Díaz es de derechas, a pesar de que en Andalucía se esté realizando un esfuerzo por mejorar los derechos de la ciudadanía, que se haya aprobado una Ley de Transparencia como no hay otra igual, que se estén poniendo en marcha multitud de planes de empleo, que se incrementen las becas y ayudas al estudio o que se apruebe una Ley de Memoria Histórica sin precedentes en este país.

No, compañero, no: Susana Díaz es de derechos. Y, aunque consideres que la batalla ideológica se conquiste a base de tuits o de insultos en Facebook, la política es lo único que realmente nos diferencia de la derecha. Esa derecha a la que cada vez te vas pareciendo más –tanto en discurso como en señalar a la misma adversaria-.

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