Me joden los muertos

Me joden los muertos. En cualquier sitio. Y también me joden los que quieren competir en las redes sociales atribuyéndose el dolor de los que están más lejos o más cerca. Que si hay personas con banderas de Francia o Bélgica y no con las de Irak o Pakistán, que si ‘Je suis Bruxelles’ y no ‘Je suis Liban’. A mí me duelen los muertos que salen en los telediarios y los que no, pero no soy nadie para reprochar a otra persona por quién siente dolor o por qué pone una bandera y no otra.
No me gustan los adalides del pesamiento correcto, igual que no me gusta que se juzgue el dolor sólo por llevar un luto (o una bandera -u otra-).
Llevan años atentando en África o en Oriente Medio y no cambió nada en nuestras vidas -tampoco en las vuestras-, porque todos somos cómplices de nuestra hipócrita sociedad; así que no esperéis a que a alguien le duela París o Bruselas para recordarles lo que sucede en otros sitios, porque el afecto por la proximidad es algo inherente al ser humano y eso no significa que sean frívolos con la barbarie lejana.
Y es que, en estos días, leo a gente que parece culpar a quién siente dolor del mal en el mundo. Y eso también es malo, e incita al odio de la misma forma.

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MUCHO POR HACER

(A las mujeres que se dedican a la política)

Otro 8 de marzo. Ahora toca decir que todos los días son 8 de marzo o que ojalá no tuviera que celebrarse nunca. Pero no, no todos son. Hoy llenamos las redes sociales  de fotografías, vídeos y consignas; algún hashtag ocurrente y reivindicativo y, tal vez, alguna cadena viral. Al menos sirve para eso: para que nos paremos a reflexionar, para que tú te des cuenta de algo, para que yo escriba esto.

Vivimos en una sociedad profundamente machista en la que oímos a menudo gilipolleces que se tornan sentencias por la de veces que las escuchamos y leemos. ¿Cuántas veces hemos oído que los hombres también son víctimas de la violencia de género o lo de las denuncias falsas? Y es que una mentira repetida muchas veces jamás deja de ser mentira, pero no deja de oírse.

Sin embargo, hoy, en todos los medios de comunicación y en las redes sociales, se va a hablar de todo esto y, por eso, yo voy a contar otra cosa.

A mí el machismo que más me duele es el que veo y noto en la política, no sólo porque es donde me muevo más, sino porque se supone que la política es desde donde podemos cambiar esta absurda realidad, pero qué difícil es combatir el machismo usando elementos machistas, como son los propios partidos políticos y las instituciones. Y es cierto que el machismo lo sufre igual una abogada que una camarera, y que las políticas y gestoras públicas no van a diferenciarse en esto, pero qué triste es darse de bruces, una y otra vez, con ese sigiloso machismo que se esconde en un partido que aspira a cambiar las cosas y, peor aún, en un partido que abandera la igualdad.

Yo milito en el PSOE desde 1998. He tenido la suerte de conocer mi partido desde dentro. He trabajado en distintas instituciones y, casualmente, al frente de ellas siempre he tenido como jefa a una mujer. Cuando dirigía las Juventudes Socialistas mis personas de más confianza eran mujeres y, de sobra, siempre estaban mejor y más preparadas que yo. Pero a ellas, a las que me refiero, les ha costado siempre llegar más que a mí.

Los que hemos ejercido la política en pueblos pequeños sabemos lo difícil que es para una mujer poder dedicarse a ello y, hasta hace muy poco, lo criticadas que eran sólo por eso. Hoy en día, seguimos escuchando a gente que está en contra de las listas cremalleras o de las cuotas. ¡Si no fuera por las cuotas!

Pero esto no es todo. Continuamente escucho piropos que cosifican a las mujeres y estoy seguro que las incomodan. Y, para más inri, a diario vemos rankings sobre las políticas más guapas en diarios nacionales y jamás ninguno sobre su eficiencia o lo bien o mal que hacen las cosas. Y esto, trasladado a nuestro ámbito más cercano, se convierte en chistecitos sobre la belleza de alguna servidora pública concejala, alcaldesa o parlamentaria. Es muy penoso, sí. Que si Inés Arrimadas es muy guapa o si  Andrea Levy “se bebe los vientos” por alguien. Qué lástima.

Así que permitidme que este 8 de marzo vaya por ellas: por las que se dedican a la política e, irónicamente, sufren lo mismo que ansían cambiar. Dejadme que lo dedique a las que en sus pueblos y ciudades representan a distintos partidos políticos y, sólo por eso, reciben críticas e insultos que apelan a su sexo y no a su trabajo. Por todas esas mujeres que han sido juzgadas una y otra vez por sus circunstancias personales como si eso tuviera que ver con sus perfiles públicos. Que si se acuestan, se levantan, van o vienen.

Y por cercanía, en primer lugar, voy a dedicárselo a mis compañeras de partido. Hace ya un siglo que Pablo Iglesias escribió: “Del Partido Socialista forman parte las mujeres, y es natural que así sea, porque si los hombres necesitan emanciparse, ellas lo necesitan más, por ser mayor su esclavitud, y para acabar con ella no pueden ir a otro partido, ya que solamente el socialista lucha por la desaparición de todas las esclavitudes”.

Pero somos el partido que mejor representa a nuestra sociedad, y nuestra sociedad es machista, así que es difícil evitar serlo por mucho que estemos luchando por acabar con tanto machismo. Así que, mientras lo erradicamos, mis compañeras tienen que demostrar el doble que nosotros, son juzgadas incluso por cómo visten y, encima, cuando son jóvenes, tienen doble exigencia.

Mucho por hacer.

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