Los domingos tarde siempre

La inmensidad de los ojos de Margot mientras fuma a escondidas, los amigos de Suso construyendo su torre, el histrionismo de Jarvis Cocker.

Un fin de semana más y volvemos el próximo sábado, dice Carme Chaparro al fondo.

Con los ojos cerrados no hay más. Con los ojos abiertos no existe nada a la vuelta de la puerta.

Hemos crecido con bocadillos de Nocilla, hemos borrado nombres de la agenda del teléfono, hemos llorado con el final de “Un mundo perfecto” y nos hemos reído de nosotros mismos.

Anda, coge lápiz y papel y apúntame el número de tu prima, me dice mi madre, y ve al Casino a por una ración de chocos.

Y del colegio al instituto, viajando en aquel vagón lleno de olor a domingo tarde. Calañas, Gibraleón, Huelva.

David, yo cojo el 2, mañana nos vemos en el recreo.

¡Qué rollo! Mañana tengo que volver a madrugar con el frío que hace, y creo que no hay café. A ver si Sara se acuerda y lo compra.

He debido vivir muchos domingos, me digo. Unos 1878 haciendo las cuentas por encima. Así que este tampoco va a ser el peor.

Al fin y al cabo, los lunes no siempre son lunes y, al sol o a la sombra, siempre pueden ser nuevos.

Ahí debe estar el secreto: en esperar que suceda algo que deseas, y para eso da igual el día. Siempre podemos brindar.

Joselín, ponme una Radler.

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La lealtad

Hay personas que tienen una habilidad especial para contar.

Hoy ha venido a verme mi Hermano Oso. Él tenía que traerme su regalo de Reyes y contarme las cosas no urgentes de la vida, y para una tarde de domingo no está nada mal.

Yo no sé contar las cosas como él lo hace.

El disco de Bowie y la sabiduría de sus palabras casi llenan un cenicero.

-Qué nos gusta regalarnos cosas de la gente que muere. ¿Verdad, hermano?

-Los grandes siempre están con nosotros.

Mi hermano me ha hablado de la lealtad y la honestidad. Sus historias siempre tienen que ver con eso.

Pero no sólo no sé contar, yo no sé escribir tampoco. De hecho, no escribo: Yo busco sentencias o poemas que recuerdo entre los cientos de libros que me rodean, después voy quitando y poniendo cedés mientras voy amontonando carátulas en el suelo, y termino buscando en Internet letras de canciones que no he escuchado o releo los viejos cuadernos de versos y frases apuntadas. Es la única forma que tengo para expresar algo, para contar algo, para escribir algo, porque casi siempre alguien ya lo ha hecho de mejor forma antes. No puedo escribir sin revisar a Borges, Sabina, Benedetti o Cortázar, por respeto. Así que sólo escribo cuando no se ha dicho o cuando yo, torpemente, no lo he encontrado.

Sobre mi Hermano Oso y la lealtad hay poco escrito.

Hace un rato me ha explicado dos o tres cosas fundamentales sobre la vida, sobre los amigos y sobre los años que pasan en balde. Él cree que hay que vivir apasionadamente como si marzo nunca fuera a llegar porque en marzo empieza una nueva vida y puede que ya no haya más treguas.

Yo lo miro, sonrío y asiento disciplinadamente con la cabeza. No paro de escucharlo. A mí muchas veces me han dicho que no sé escuchar, que es como si tuviera Síndrome de Atención Dispersa porque me aburro en algunas conversaciones. El caso es que hay muchas personas a las que escucho boquiabierto, con admiración y, encima, cuando se van, las extraño y me duelen los kilómetros de separación que hay entre nosotros. Hay una sola cosa que mitiga todo eso: la lealtad.

leal

Del lat. legālis.

  1. adj. Que guarda a alguien o algo la debida fidelidad. U. t. c. s.
  2. adj. Fidedigno, verídico y fiel, en el trato o en el desempeño de un oficio o cargo.
  3. adj. Dicho de una acción: Propia de una persona fiel.
  4. adj. Dicho de un animal doméstico, como el perro o el caballo: Que muestra al hombre cierta especie de amor, fidelidad y reconocimiento.
  5. adj. Dicho de una caballería: Que no es falsa.
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