Vivir absurdamente (Carta para David)

“Sólo viviendo absurdamente

se podría romper alguna vez

este absurdo infinito.” (Cortázar)

Qué difícil es la vida por sí misma como para complicárnosla más.

Cuando era un niño, mi mayor preocupación era pensar en la muerte. Me abrumaba perder a alguien querido y esas siempre eran mis pesadillas. Qué doloroso es acostumbrarse a eso, David. Y, al final, te acostumbras. No hay nada más cruel que eso: acostumbrarte a vivir sin alguien a quien quieres.

Creo que nuestra mente aguanta todo lo que nuestro cuerpo soporta, de manera acompasada. Es como cuando sostienes un hielo entre los dedos de la mano y, en esa última milésima de segundo, piensas que te está quemando, que el frío te abrasa y que no puedes más. Hay que llegar a esa milésima de segundo del frío que incendia para que puedas suspirar aliviado.

Así que lo demás es dolor. Hay dolor en nuestras vidas, hermano mío. Sin necesidad de buscarlo. Llega, se queda, se va, vuelve… Y no tiene explicación. Es el absurdo infinito. A mí me conmueve el dolor ajeno. Yo empatizo bien cuando el dolor es de otro, pero qué mal llevo el mío.

A veces, paseo con todo el volumen del mundo en los auriculares, y me acuerdo de mí, yendo al instituto, con aquel walkman negro en la mochila y escuchando las mismas canciones que siempre creí escritas para mí. Entonces pienso que de entonces a ahora todo nos ha ido bien, casi siempre, y que nos hemos reído mucho. Tengo aún una foto guardada de las quemaduras que te hiciste en el cuello con la leche del café. Claro que en aquel momento no te hizo mucha gracia. Pero, al final, siempre es eso: soportar las quemaduras, y esperar a que cicatricen, en la piel, o en el alma.

Y mientras, los segundos esos en los que sostienes el hielo son todo lo que vivimos. Son el olor a café, nuestros bailes en Barro, las fotos, los libros, los cedés que nunca me devuelves, las coincidencias en el disco libro de Los Planetas, la pelea en aquella Navidad, los primeros cigarrillos a escondidas, son tu padre echándole agua al ponche, mi R11, el Puente de Hierro, el verano del chiringuito, Er Tendeero, y Granada y Huelva y Ciudad Real y todas esas ciudades que nos han quitado y dado vida a partes iguales. Son todo, mientras resistamos ese frío. Esos magníficos segundos son los instantes de nuestra vida, mientras se derrite el hielo y el agua se escurre hacia la muñeca. Esa es nuestra vida, a pesar de ese dolor que incendia y que se irradia desde los dedos hasta tu infancia, pasando por tu corazón. Hasta que no aguantas más y lo cambias de mano. A tu mano, a la mía.

Qué nos gusta complicarnos siempre! Desde chicos, ¿verdad, hermano?

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