El Hijo

Fue casi hacia el final de la segunda función. A la vez que el respetable hacía mofa del error, del error de aquel actor. Se burlaban de un olvido. Entonces claramente se te oyó decir desde tu palco con fina voz : “Hasta ahí llegó “El perdón a los esclavos””.

Cuando ya no podías más, aún vestida y sin decoro, te dejaste caer sobre la alfombra de piel de un mullido animal muerto acribillado por placer.
-“Las fiestas ya no son las de ayer”, dijiste, “y ahora sólo pueden ser lo que compra el oro de los esclavos”.

Y asomados al atardecer los barrios del oeste se iluminan aunque tú no quieras verlo.

Encendiste el televisor. Especial informativo. La luz se multiplicó en las arañas de vidrio del oscuro gran salón. La locutora temblaba: aturdida. Te parece que ha de haber quién haga todo eso que hay que hacer. ¿Y quién mejor que los esclavos?

Desde más allá del bosque que rodea la mansión sientes algo que se acerca, un sobrehumano rumor como de enjambre de insectos, un remolino de voces. En tus ojos centellean rápidos.

Gloria y bailes, fuentes y retratos. La vieja Europa, uniformes y pianos. Jarrones chinos, diademas y palacios. Carrozas negras, dos labios cerrados. Todo ello será la energía de los esclavos.

Y asomados al atardecer los barrios del oeste se iluminan aunque tú no puedas verlos.

Y en la noche de final de abril las estrellas y planetas brillan altos y tú ya no puedes verlo.

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