El Hijo

Fue casi hacia el final de la segunda función. A la vez que el respetable hacía mofa del error, del error de aquel actor. Se burlaban de un olvido. Entonces claramente se te oyó decir desde tu palco con fina voz : “Hasta ahí llegó “El perdón a los esclavos””.

Cuando ya no podías más, aún vestida y sin decoro, te dejaste caer sobre la alfombra de piel de un mullido animal muerto acribillado por placer.
-“Las fiestas ya no son las de ayer”, dijiste, “y ahora sólo pueden ser lo que compra el oro de los esclavos”.

Y asomados al atardecer los barrios del oeste se iluminan aunque tú no quieras verlo.

Encendiste el televisor. Especial informativo. La luz se multiplicó en las arañas de vidrio del oscuro gran salón. La locutora temblaba: aturdida. Te parece que ha de haber quién haga todo eso que hay que hacer. ¿Y quién mejor que los esclavos?

Desde más allá del bosque que rodea la mansión sientes algo que se acerca, un sobrehumano rumor como de enjambre de insectos, un remolino de voces. En tus ojos centellean rápidos.

Gloria y bailes, fuentes y retratos. La vieja Europa, uniformes y pianos. Jarrones chinos, diademas y palacios. Carrozas negras, dos labios cerrados. Todo ello será la energía de los esclavos.

Y asomados al atardecer los barrios del oeste se iluminan aunque tú no puedas verlos.

Y en la noche de final de abril las estrellas y planetas brillan altos y tú ya no puedes verlo.

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A mis Reyes Magos

Creo que en la paciencia encontré mi única virtud, y la descubrí apenas siendo un crío, cuando un año y otro rezaba por tener la mejor bici de todo mi pueblo y, por esos deseos tan tontos, me pasé mañanas enteras de enero llorando. A veces, mis padres lloraban conmigo, algo que sirvió para unirme más a ellos. De ahí me viene, creo, este carácter republicano.

Así que no sé cómo empezar, quizás porque en más de una ocasión dudé de vuestra existencia.

Con los años, dejas de darle importancia a los polvorones, los petardos, la misa del gallo, los niños de San Ildefonso y al reloj de la Puerta del Sol.

Ya no sé si he sido bueno, y ya no me martiriza pensarlo como solía hacer durante los primeros días de enero. Creo que como todos, con mis errores y aciertos. Con mis tonterías y mis desatinos. Mejor que muchos y peor que otros.

He dejado de creer en tantas cosas en poco tiempo. Y en tantas personas. Y no me refiero al Ratoncito Pérez ni a Papa Noel, sino a gente de aquí al lado, de mi día a día. Pero sigo teniendo la mirada perdida de un niño en una cabalgata, los nervios, la sonrisa y, por encima de todo eso, la ilusión.

Y a vosotros os guardo mucho de mí. En este invierno tan raro, con tantas luces y tanto sol, yo os guardo mucho de mí. Cada 5 de enero, igual que siempre, os dejo toda mi ilusión a los pies de mi cama, para que la repartáis. Y os pido tiempo, como siempre.

Y a mis reyes magos, aquellos que se llevaban un año ahorrando para que mis hermanos y yo no nos enteráramos de qué relación tenía la crisis de la minería con que se cumpliesen nuestros deseos; los que me escondían los regalos encima del armario y se inventaban historias, rastros y sonidos; los que han hecho magia durante toda mi vida sin tener una corona. A esos, dejádmelos aquí para siempre.

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Orlando

Cuando me encuentro con Hermano Oso -no más de tres veces al año- brindamos siempre por la misma persona. Es como un ritual difícil de explicar y de dejar de cumplir. Nos miramos con una sonrisa y bebemos. Nuestra amistad se cimienta en valores que están incluso por encima de la amistad. Es un credo.

La última vez fue distinta. Hermano Oso me dijo que llevaba varios días soñándose con él. Que se le aparecía en sueños. Y que no encontraba ninguna explicación.

Yo no le di más importancia hasta la semana pasada.

Lo cierto es que a mí me ha pasado lo mismo en alguna ocasión.

Hermano Oso no coincidió con Orlando en más de cinco o seis ocasiones. Yo lo llevé a él, a su familia, que era la mía, en aquel viaje iniciático en el que nos conocimos. Y Hermano Oso quedó perplejo.

Era como su alma gemela, como lo que él quería ser, como lo que queremos todos.

Recuerdo que nos descubrió Pardamaza mientras nos hablaba de los osos, y que nos enseñó aquellas antiguas minas de El Bierzo. La minería, los osos, el orujo y la integridad. A mi compañero de viaje y de vida lo acababa de alistar para siempre en su ejército.

A las semanas del primer encuentro seguíamos hablando de él. Porque Orlando era una persona mayúscula. Honesta, leal, sencilla… que enseñaba su alma y abría su casa para todo el mundo. Era el compañerismo, la lucha minera, la enseñanza, el trabajo voluntario, la política local, la familia, los amigos, la transparencia de sus ojos, la credibilidad en su voz.

Después pudimos coincidir tres o cuatro veces más a la vez. En otras ocasiones, Hermano Oso no estaba pero Orlando nunca dejaba de preguntarme por él.

Orlando sabía ver a la gente y Hermano Oso sabía que Orlando era de Toreno, y de San Telmo y de Valdelamusa, y se derramaba por los suyos como nosotros hubiéramos querido hacer. Así que en esas contadas ocasiones yo tuve la suerte de quedarme a un lado mientras hablaban de cosas sencillas, curiosas y cotidianas.

Admiración era lo que sentíamos… y nos dolió su marcha.

Hermano Oso lleva un tiempo acordándose de él, soñando con él. Y sin saber el porqué, mi Hermano Oso se eleva y se pierde queriendo encontrar una justificación o mensaje.

Y cuando suena el río, suena el río.

Le debemos una visita porque creímos en él. Y no bastan tres brindis si no recuperamos todas sus palabras.

Hace unos días le pregunté qué había significado Orlando para él. Me dijo que iba a intentar expresarlo. Y yo le mandé este folio para que lo terminase de escribir a partir de aquí. Hoy me ha contestado.

Mi hermano habla con mis palabras y con mi voz, así que siempre dice lo que yo quiero decir.

“A distintas horas hay otros colores, otros sabores, otras personas.  A distintas horas. Con los mismos recuerdos… sobre personas, sobre momentos. Y ahí, ahí siempre está Orlando. Siempre está Orlando. Eso es lo que te puedo decir de Orlando. Que vive conmigo, Aparato. Que vive conmigo”.

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