Hermano Oso

Lo conocí  en una noche de invierno cerrado. Estábamos en una tasca. De buenas a primeras, cuando la música dejó de sonar, miré alrededor y ya no quedaba nadie. Bueno sí: el tabernero y él. Comenzamos a charlar con coincidencia, que es como hablar con uno mismo, pero con eco.

Días después, buscamos la frontera por Rosal y salimos de España, casi sin darnos cuenta y sin llevar muda. Cruzamos Portugal sin dejar de hablar. Sólo paramos para vaciar el cenicero y llenar el depósito. “Yo soy un soldado”, me dijo. Y condujo casi mil kilómetros sin parar ni dormir. No nos perseguía nadie que no lleváramos encima.

El ancho y el largo de Portugal se los dedicó a Pessoa, pero lo podría haber hecho con cualquier otro autor que empezara por P o por B. Traía de su particular Macondo un disco de Bunbury y ahí, justo ahí, diez horas después, calló.

Cuando llegamos a Galicia me dijo que quizás se quedase allí a vivir, que me tendría que volver solo. Que él tenía una casa casi comprada en O Cebreiro. “Como quieras. A mí no me importa”, le dije. Se quedó pensativo y, al rato, sentenció: “Aún tengo mucho que enseñarte”.

Cada noche yo me quedaba dormido mientras él seguía fumando en la cama de al lado. Escribía, con un viejo lápiz de carpintero, anotaciones ilegibles y sin aparente orden en una rasgada libreta Oxford. A veces, cuando se daba cuenta de que yo lo miraba, me decía que aquel lápiz era de su abuelo y siempre me contaba la misma historia con el mismo final: “En casa escribo con un esferógrafo Montblanc”.

Antes de salir de la cama, ya me lo encontraba despierto y fumando. Yo le preguntaba si había dormido y él  me decía que “los soldados no duermen”.

Después salíamos a tomar café por Zaragoza, Zamora o León. Cuando nos cansábamos de la música nos poníamos a hablar o a reír. A más no poder.

-A ver, prueba otra vez… Tienes que pensar una palabra. Que no sea muy difícil…

 -Áspera.

-No, no vale… Tienes que pensar una palabra, cerrar los ojos y concentrarte; me la tienes que transmitir, para que yo la adivine. .. ¿Es azul?

-Silencio.

-Empecemos de nuevo. Ahora mírame a los ojos y cuenta hasta diez mentalmente, y cuando llegues a diez di una palabra, la primera que se te ocurra.

-………………..manzana

-agua (al unísono).

-Esto no tiene ningún sentido. No hablamos igual ni decimos las mismas palabras.

-Es broma, me lo estoy inventando todo. Sabía que dirías azul y agua, sólo era por ver la cara que ponías. Y se encendía un cigarro con toda su sobriedad.

Un día, en Somiedo, me dijo que me preparase, que iba a ser de los momentos más importantes de mi vida. Estuvimos caminando más de cuatro horas para llegar a una cumbre rocosa en la que hacía un viento horroroso. Me fui a encender un cigarro y se apresuró a decirme que debíamos estar en silencio, en absoluto silencio, sin movernos, “ni el chasquido del mechero”. Así estuvimos unas horas, cinco o seis calculo. No quise interrumpirlo mientras oteaba casi el ocaso en el horizonte. Yo quería irme. No era el aburrimiento, las piernas dormidas o el frío; era que empezaba a anochecer. Justo un segundo antes de abandonar me miró, con esa sonrisa perfecta que pone, se giró lentamente, y me dijo:

-Allí está. ¿Ves a aquel ciervo moverse? Mira justo detrás.

-No veo nada.

-Espera. Ahora…

-Es un oso. Un oso pardo.

-Así es. Es un aparato de oso.

Desde entonces, cada vez que lo necesito, me manda un mensaje y me dice: “Aparato de oso, hermano”.

Esa frase lo significa todo: la espera, la lucha, la paciencia, el final feliz, la amistad…

No le gustan las nuevas tecnologías. Apenas hace unos meses que usa el Whatsapp. Sólo quiere jugar al dominó, beber aguardiente en sus 15 metros cuadrados de hogar y leer. Escribe sin Montblanc y ha dejado de fumar.

No hay nadie con un sentido de la justicia más hondo que el suyo. Da lo que tiene y si no lo tiene, lo pide para darlo. Es bohemio y marxista. Siempre está rodeado de gente que quiere –queremos- escucharlo. Sus frases se vuelven proverbios al salir de sus labios.

Un día, creo que veníamos de Salamanca hacia Huelva, estando los dos solos en un bar entró Andrés Calamaro y se quedó mirándolo: Andrés a él. Aparato me dijo: “¿Éste quién es? Le contesté que era el del concierto al que íbamos aquella misma noche. Antes de marcharse del bar, Calamaro se giró otra vez a mirarlo, como queriéndolo escuchar. Lo que nos pasa a todos.

Cuando hablo con él, cambiaría todo lo que tengo por tener una grabadora o una libreta en ese instante preciso y apuntar las verdades como puños que dice. A mí me riñe, me quiere, me discute, me pregunta, me enseña… Y me manda eseemeeses de madrugada que dicen: “Cada vez me siento menos libre, hermano”, “Oso, quiero pasear contigo y compartir bayas en nuestros montes”, “Te siento cerca, hermano. Dame camino”. A Aparato le puedes perder la pista durante semanas, no coge el teléfono, o lo ha perdido, lo ha roto o regalado y, al final, desesperas. De pronto, al mes, recibes un mensaje que, por ejemplo, pregunta: “¿Indalecio Prieto o Juan Negrín?”

-Negrín fue el político de la República peor tratado , le digo.

-Me está encantando esta persona… Sigo leyendo. Te quiero, aparato.

Y vuelve a apagar el móvil durante días.

Mi hermano es libre siempre, esté donde esté, quiera o no quiera. Hay gente que nace así. Es el Silvio Fernández Melgarejo de mi vida. Él tiene grietas en las manos y tose tierra a todas horas. Mi hermano no se esconde, aunque sea difícil verlo. Hay que esperarlo, como a las cosas que merecen la pena. Las personas como él están en peligro de extinción. Él es un oso, un aparato de oso.

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