No miremos el autobús

El Efecto Streisand se estudia en marketing para explicar la publicidad que se le hace a algo que quieres ocultar por el simple hecho de denunciarlo. Es un término que se ha hecho muy popular en los últimos años y que se acuñó después de que la actriz Barbra Streisand pidiera que retiraran una foto de su mansión en California que, por supuesto, se hizo viral.

En los últimos días, todos hemos participado de la campaña de Hazte Oír y el autobús tránsfobo. De alguna u otra forma hemos difundido su mensaje que, de no ser por nosotros, no habría llegado a todo el país.

Es hora de que nos preguntemos si estamos consiguiendo lo que buscamos en situaciones como esta. Quizás sea el momento de hacer un análisis en el que entren en juego la ética social y la deontología periodística para saber qué hacer en casos así.

Lógico es -además de obligado- que denunciemos estas campañas, pero debemos pensar si precisamente ayudamos a conseguir lo que realmente quieren y, por lo tanto, nos convertimos en medios para su fin.

Basándonos en ese proverbio que decía que “cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo”, deberíamos dejar de mirar el autobús y ver más allá. Y es que vivimos en un país donde sociedades radicales de ultraderecha campan a sus anchas y reciben subvenciones públicas.

Preguntémonos de dónde salen los fondos que reciben los ultracatólicos de Hazte Oír con oficina en el madrileño Paseo de la Habana. Una asociación, liderada por un pariente de Rodrigo Rato, que nació en 2001 para apoyar a Aznar con manifestaciones callejeras, y que continuó haciendo oposición a Zapatero y protestando contra el matrimonio igualitario, la Ley del aborto o Educación para la Ciudadanía.

El problema no es el autobús, el problema está a nuestro alrededor y es endémico a nuestro país, donde el fascismo, imbricado en la sociedad, se ha normalizado. Existen grupos secretos de extrema derecha como El Yunque, sindicatos ultras como Manos Limpias, lobbies cristianizadores como el Centro Jurídico Tomás Moro, asociaciones provida, y hasta una Fundación Francisco Franco, que se mueven -ora apoyo institucional, ora apoyo episcopal- y tienen tanta presencia en la vida pública que, incluso -como en el caso de Hazte Oír-, el ministro de Interior las declara de “interés público” y les otorga beneficios fiscales a sus donantes.

No, el problema no es el autobús, el problema es que va lleno.

 

 

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Banderas de nuestros Pedros

Recomienda Lakoff a quienes nos consideramos progresistas que no debemos caer en la manipulación propagandística ni en la tergiversación; que debemos construir un discurso creíble y alejado de la guerra civil cultural que plantea el neoconservadurismo en su lucha por mantener el poder. Pero apenas dice nada del populismo. Y, aunque la solución a este disparate se antoja difícil, no me preocupa tanto el daño infligido en este sentido como que haya calado el discurso en la “guerra de trincheras” de Pablo Iglesias.

Es un reto difícil luchar contra la manipulación, la posverdad, el maniqueísmo… sobre todo, como decía Churchill, ninguna batalla en política es tan peligrosa como aquella en la que se dispara con fuego amigo.

Porque el problema está en nosotros y son los nuestros. Hay militantes del PSOE que rechazan a González, Guerra, ZP o Rubalcaba y se sienten más representados por Zaida Cantera, a la que no conocen de nada y a la que ni siquiera pudieron elegir en ninguna asamblea local.

Hay algunos que justifican su pensamiento en que González está en un Consejo de Administración y, sin embargo, defienden a Borrell -indultado por Podemos- que está en idéntica situación.

Como decíamos ayer, la lucha por mantener la hegemonía a través de los símbolos no solo nos ha hecho daño desde fuera. Ahora, esta constante, se ha trasladado al escenario actual.

Entiendo que la fuerte simbología del “No es no”, en primer lugar, ofrece un indulto a quienes se han sentido menos de izquierdas al llegar un nuevo partido y, encima, otorga una excusa a quien tiene un problema de otro tipo (llámese esto descontento con su dirección local, provincial, etc.)

Y es por eso que ahora se conforma una candidatura de la verdadera izquierda del PSOE o de las bases, como si los demás fuéramos laterales derechos o mediopensionistas. Y entre quienes se creen legítimos y en el deber de visar nuestros carnés socialistas podemos encontrar a personas que son tan socialistas como roja es la camiseta del Betis. Entre quienes vienen a regenerar el partido, hay personas que llevan cuarenta años en un cargo público. Entre quienes apuestan por la participación de la militancia, hay quienes impusieron gestoras o quienes ni siquiera dejaban votar en sus propias asambleas -algo que yo mismo he sufrido-. Entre los del “no es no”, hay quienes pactaron gobiernos locales con el PP o quienes, hace unos meses, empezaron cerrando un acuerdo con Ciudadanos antes que con nadie. Entre quienes apuestan por los jóvenes, la única cantera que iba en las listas era el apellido de Zaida.

Hace un año y medio, Pedro Sánchez se presentó como candidato a la Moncloa con una gran bandera de España detrás. A mí me pareció bien. Se trataba de recuperar espacios que el PSOE -toda la izquierda española- había perdido. Por entonces no había catorces de abril. Nada de puño en alto, ni de cantar La Internacional ondeando banderas republicanas. Ahora la lucha por la hegemonía es otra, es interna. Ahora toca rescatar a Largo Caballero, a Besteiro y a Indalecio Prieto; los símbolos, el color, y el puño y la rosa.

Hace unos días, leía a un compañero mío comparar el acto de presentación de Pedro Sánchez en Dos Hermanas con las manifestaciones por la autonomía andaluza o contra la guerra de Irak.  Mi compañero describía el acto de Dos Hermanas en un lago en el que le pareció “que sus aguas se movieron” mientras cantaba, después de muchos años, La Internacional.

Aunque me resultó un tanto frívola la comparación, me di cuenta de que todo era una trampa: una cuestión de perspectiva. Un día vale una cosa y otro día vale otra. El mismo punto, una dimensión poética, coctelera, mezcla y el resultado que queramos. Eastwood estrenó las dos películas en cuestión de meses. Aunque Cartas desde Iwo Jima es ligeramente superior, no podría entenderse sin la visión americana y es, precisamente, Banderas de nuestros padres la que hace necesaria a la otra.

En fin, que me puse a tararear La Internacional y se me vino a la cabeza una bandera de España tan grande como un campo de fútbol.

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Cartas desde Casa Labra

Si hay algo que tenemos que agradecer a Podemos (más bien a Íñigo Errejón) es que haya devuelto a la actualidad la obra de Antonio Gramsci y, mucho más aún, que rescatase su concepto de hegemonía en una suerte de reinterpretación que ya quisiera Laclau.

El nuevo concepto de hegemonía, casi un siglo después del de Gramsci, explica de igual forma la falta de valores del postmodernismo que la crisis política actual.

La hegemonía como forma de acceso al poder actual. Que la gente se crea el nuevo discurso para encumbrar al nuevo líder al espacio hegemónico vigente. Esto pasa por crear nuevas instituciones o, al menos, estados de opinión que permitan acabar con las instituciones  hegemónicas dominantes.

En la guerra de posiciones por controlar el espacio político hay que tener una presencia constante en los medios masivos de comunicación donde colar el nuevo relato hegemónico.

Además, hay que acabar con los símbolos, con los valores, con la ideología dominante.

Ya decía que esta teoría marxista postmoderna, sin duda alguna, merece ser estudiada, tal como han hecho en Podemos, porque así podremos entender mejor algunas cosas.

En los últimos años, el PSOE ha ido perdiendo algunos de sus símbolos y abandonando la vanguardia en algunos de los discursos sociales. En algunas ocasiones, la realidad se ha cebado con la utopía o, como en la actualidad, nuevos actores políticos han pugnado por espacios que, conformando nuevos estados de opinión, han acabado conquistando. En otras, ha sido el propio PSOE el que ha sustituido un símbolo por otro, algo que, como sostenía Tillich, es un error cuando hablamos de política. Y, de esta forma, desaparecieron el puño y la rosa, o el periódico -ahora recuperado- El Socialista o, por ejemplo, se utilizó el color azul en lugar del rojo en algunas campañas electorales.

Pero no sólo hablamos de logos, banderas y colores. Ahora estamos asistiendo al deterioro constante de la imagen pública de los más conocidos valores del socialismo español. Así, en el último año, se ha desprestigiado a Felipe González, a Alfredo Pérez Rubalcaba, a Zapatero, a Alfonso Guerra y a todo el que hubiera sido un potencial peligro -entendiéndose esto como aglutinador de socialistas-.

Lo cierto es que debemos reconocer a los teóricos políticos de Podemos que esta batalla la van ganando en su lucha por la hegemonía rescatada de Gramsci. Mientras ellos han repescado con vítores y loas a Anguita o Monereo, muchos socialistas han ido renegando de sus propios compañeros y, al final, se han perdido por no encontrar ningún faro que guíe su militancia.

Desde las declaraciones de la “cal viva” hasta ahora, parece como si el PSOE no hubiera hecho nada en este país, no ya desde la llegada de la Democracia, sino en ninguno de sus casi 140 años de historia.

Es una cuestión de perspectiva, tal como Clint Eastwood retrata en su díptico  sobre la batalla de Iwo Jima, que inspira estas líneas.labra

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Don Pablo Iglesias Posse, 91 años después.

En diciembre de 1931, un jovencísimo Santiago Carrillo (con 16 años) entrevista para Renovación (revista de las Juventudes Socialistas) a Amparo Meliá, la que fuera compañera de Pablo Iglesias, en el sexto aniversario de su muerte.

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Sobre Pablo:

“La mejor definición de Pablo es esta: Si todos se hubieran marchado del PSOE, y lo hubieran abandonado, Pablo hubiera seguido siendo socialista”.

 

Sobre quienes no saben apreciar el sacrificio de los socialistas (a raíz de pactar con los republicanos de derechas en las Cortes constituyentes):

 “¡Si Pablo viera este avance que hemos dado! Yo le doy mi palabra de que no se lo esperaba. Aun a pesar de nuestra posición y de nuestro poder, sufro pensando en la posibilidad de un retroceso. Como hemos ido tan deprisa… Me gustaba mucho antes ir a las Cortes. Pero ahora sufro cuando veo que algunos no saben apreciar el sacrificio de los socialistas y no comprenden las renunciaciones que nos cuesta el ir unidos con enemigos nuestros. Me duele como si me dieran un latigazo. Porque enemigos nuestros son los republicanos y, sin embargo, las circunstancias nos han unido con ellos, y sufro pensando que quienes no saben apreciar esas circunstancias y ese sacrificio nos atacan. La única tarde que he ido a presenciar la labor de las Cortes constituyentes me he puesto enferma”.

 

Sobre su valor:

“Él sentía cuanto hablaba. No le ocurría lo que a otros, que para pronunciar un discurso estudian muchos libros y se llenan la cabeza de literatura. Él no tenía tiempo para gastarlo en eso. El valor de Pablo era precisamente que todo lo que hablaba lo producía su inteligencia; era propio de su inmensa vida anterior. En el Parlamento pronunció muchos discursos que tuvieron gran resonancia, y que la mayoría de las veces eran fruto de la improvisación. Hubo veces de estarse hasta las cuatro de la madrugada despachando la correspondencia del partido, de acostarse dos horas, chapuzarse un poco e ir al Congreso. Y era entonces cuando le salían los discursos mejor”.

 

Tras el asesinato de Canalejas:

“Por aquel entonces vino un amigo a decirme a mí que los estudiantes habían organizado una manifestación dando ‘mueras’ a Pablo (…) a Pablo no le causaban tanto daño las calumnias de los enemigos como un desvío o un ataque de los camaradas”.

 

 

Sobre la escisión comunista:

“La escisión le hirió en lo hondo. Pero tuvo al mismo tiempo la satisfacción de quitar la careta de algunos que estaban encubiertos. Para él fue un desengaño y una alegría. En una ocasión se reunió en casa el Comité ejecutivo del partido. No recuerdo quiénes asistieron a esa reunión. Me parece que, entre otros, estaban Quejido, Ovejero, Núñez de Arenas… Casi todos eras comunistas y estaban influenciados por Rusia. Uno de los reunidos presentó una proposición en la que decía que debía deshacerse el Partido y formar un organismo al estilo de los rusos. A Pablo aquello le sentó como un latigazo. “¿Qué has dicho?”, le preguntó extrañado. Como si fuera una herejía, pronunció un ardiente discurso, en el que defendió por encima de todo la unidad y la vida del Partido. En aquella reunión todo quedó bien; pero después vino la escisión. Yo entonces sufrí mucho porque había llegado a querer a Quejido (primer Secretario General del PCE) como si fuera un hermano. También sufrí una decepción grande con Anguiano. Pero esa decepción no la motivó la traición que hizo a Pablo, sino la traición que hizo a Besteiro en el Congreso de La Haya. Me pareció aquello algo propio de un hombre de condición moral muy baja (se refiere a que los detuvieron en Holanda por llevar Anguiano una carta oculta para los rusos en la que solicitaba dinero para propaganda comunista)”.

 

Para terminar:

“El Partido era su cariño y el mío. También yo he sido siempre socialista, muy socialista. Mi Socialismo era él, y él era el Socialismo de todos”.

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La sonrisa de mi tía Pepa

Esta es la historia de Josefa Carrasco Patricio (publicada el 6 de abril de 2014 en el Huelva Información), aunque también es la de Elisa Bartroli.

Dos mujeres unidas por dos guerras.

 

El 12, el 17 o el 18 de marzo de 1909 nació Josefa Carrasco Patricio, Pepa, en El Cerro de Andévalo. El 12, según la partida de defunción; el 17, según el acta de nacimiento del Registro Civil de Cortegana, y el 18, según el Registro Civil de El Cerro de Andévalo y su acta de matrimonio. Y esto es muestra de lo que fue su vida. 
 
Josefa Carrasco, en una imagen del expediente policial.
 
El caso es que jamás pudo celebrar nada, ni siquiera su cumpleaños. Nació en el número 20 de la empinada calle El Sol, que termina cerca del camino que va a la mina de La Joya, donde trabajaba su padre, José, como minero. En esa casa de tres dormitorios y con una cuadra al fondo, José y Catalina criaron a sus diez hijos: Isabel, Rosa, Ana, María, Sebastiana, Benita, Benito, Águeda, Catalina y la propia Josefa. 
 
Tantos eran y tan poco había para comer que ya desde niñas estaban sirviendo unas y trabajando en el campo otras. Más tarde, en 1924, cerró la mina de La Joya y José encontró trabajo en la mina de El Lomero y allí la compañía francesa de Piritas de Huelva le dispuso una casa. En esta mina cerreño-corteganesa transcurrió casi toda la juventud de Josefa, dedicada a ayudar a su madre en las labores del hogar. 
 
Es aquí donde conoció a Estanislao Palomo, un obrero de Calañas que se marchó poco después a trabajar a las minas sevillanas de Aznalcóllar. Para poder irse con él decidieron casarse. Era la única solución para una mujer que, según el registro civil, tenía como profesión “la de su sexo”. 
 
Estanislao tenía 29 años y ella 27 aquel sábado 20 de junio de 1936 en el que se dieron el “sí, quiero”. En El Cerro de Andévalo aún estaban ajenos al golpe militar que se estaba fraguando, a pesar de que los últimos meses las huelgas, los atentados y la crispación política habían llevado al país a una situación desalentadora. 
 
Benito Carrasco, cumpliendo el servicio militar
 
Tras los días de boda en El Cerro, Estanislao y Josefa se marcharon a Aznalcóllar, en lo que fue su único viaje de novios. 
 
Horas después del golpe militar del 18 de julio, la Junta de Defensa Local de Aznalcóllar tomó armas y procedió a repeler los primeros intentos de las tropas golpistas. No duraron un mes. Las tropas de Queipo de Llano llegaron a finales de agosto. Muchos pudieron huir a la sierra. Gracias al testimonio de Juan Manuel Moraño Valle, recogido por su sobrina Trinidad Infante, sabemos que entre los primeros fusilados estaba Estanislao Palomo. En su partida de defunción aparece el 5 de octubre de 1936, claro que esta se registró en 1980 y se desconoce si es veraz. Estanislao Palomo yace en una fosa común, sobre una antigua bocamina, en el cementerio de Aznalcóllar, junto a casi 300 víctimas más. 
 
El testimonio oral transmitido en la familia cuenta que Estanislao estuvo preso en el barco-prisión Cabo Carvoeiro y después lo mataron. El investigador Rafael Adamuz no ve descabellada la teoría de que lo detuvieran en Aznalcóllar, población en la que Queipo de Llano había encontrado mucha resistencia y que, incluso, había bombardeado; que más tarde le hicieran un juicio sumarísimo -o no- en el “barco de la muerte” y lo trasladaran a Aznalcóllar, donde le aplicaron el Bando de Guerra. Yo creo que a Estanislao lo fusilaron a finales de agosto y que a Josefa, que iba todos los días a preguntar por él al destacamento del ejército sublevado, le dijeron que se lo habían llevado al barco-prisión detenido para que se callara. 
 
Postal desde Le Creusot, donde fue para “acompañar a los señores Brandon”.
 
Fuera como fuese, Estanislao murió entre agosto y octubre del 36. Un día, de esos en los que Josefa iba a preguntar por su marido entre sollozos, un soldado falangista le dio varios golpes con la culata del fusil. Josefa abortó la única vida que le quedaba de su marido. No llevaba ni dos meses casada, enviudó y perdió a su hijo a la vez; y enlutó para siempre. 
 
Casi dos meses esperó en Aznalcóllar a que su padre fuera a buscarla para llevarla de vuelta a El Lomero. Era muy difícil viajar en territorio de guerra. Volvió, junto a su padre, con un mueble y un sofá, pero sin marido y sin su futuro hijo. 
 
Los siguientes años no fueron mejores. Juan Patricio Valle, hermano de su madre, fue fusilado el 24 de noviembre de 1936 en la cárcel de Huelva. Al año siguiente, el 13 de noviembre de 1937, otro tío materno, Manuel Patricio Valle, fue fusilado en el cementerio de Calañas junto a diez cerreños más. Casi 72 años después, en 2009, se realizó la exhumación gracias al trabajo de Francisco Javier González Tornero, y se procedió a enterrar a estos once hombres. Benito Carrasco “el señorito”, primo hermano, también fue fusilado. 
 
Pero lo más duro para ella, sin lugar a dudas, fue la muerte de su hermano Benito, su único hermano, su hermano pequeño, con el que se llevaba poco más de un año. Fue una tragedia para toda la familia difícil de superar. 
 
Eliane Plewman, espía inglesa y miembro de la Resistencia francesa.
Benito se alistó por obligación al ejército sublevado. Era cabo del Regimiento de Infantería Cádiz 33. Murió en el Valle de los Pedroches el 4 de agosto de 1938, “tercer año triunfal” según publicó el Diario de Cádiz
 
Al terminar la Guerra Civil, Josefa se marchó a Madrid, a una casa que su hermana Isabel, que también servía allí, le buscó en la calle Rafael Calvo, del castizo barrio de Chamberí
 
De profesión sirvienta, dicen los papeles que hay sobre Josefa en la Jefatura Superior de Policía. Y soltera, también dicen, quizás por esconder cómo murió su marido. Estos expedientes eran para solicitar el pasaporte, en 1950, cuando ya se había trasladado a la calle Cervantes. Podía viajar, para “acompañar a sus señores”, a “Europa, excepto Rusia”. Los señores de la casa eran el empresario inglés Eugene Browne y su esposa española, Elisa Francesca Bartroli, padres de Henry, Albert y Eliane. La familia se había reagrupado en Madrid, en 1940, tras haber pasado por Marsella y Leicester. 
 
Henry (1913) murió repentinamente en 1937, a los 24 años, mientras la familia vivía cerca de Leicester
 
Albert, nacido en 1915, fue agente secreto británico de las fuerzas especiales que organizaba la resistencia francesa contra los nazis. Fue condecorado por Francia y el Reino Unido al terminar la II Guerra Mundial. Murió en Barcelona en 1967
 
Eliane (1917) fue agente secreta británica en España y Francia. Con 25 años ya había trabajado en la embajada británica en Lisboa. Después se marchó a Londres a un puesto que le ofrecieron en el Ministerio de Información inglés, en tareas de prensa en español, gracias a su conocimiento de idiomas. 
 
El 28 de julio de 1942, Eliane pasó a ser la señora Plewman al casarse con un joven soldado de artillería llamado Thomas Plewman. A partir de noviembre de ese año llegaban noticias de la ocupación total de Francia por parte de las fuerzas del Eje. En pocos meses se incorporó a la Dirección de Operaciones Especiales y se convirtió en una de las agentes secretas inglesas más importantes de la Segunda Guerra Mundial. 
 
El 24 de marzo de 1944 la red de resistencia a la que pertenecía fue delatada y todos fueron detenidos. La Gestapo la torturó de las más crueles formas durante semanas. Con 27 años fue detenida por los nazis. Torturada durante un mes por la Gestapo. De Marsella la enviaron a la prisión de Fresnes (París). El día 12 de mayo la enviaron a la prisión de Karlsruhe. En unos meses la clasifican como N+N (Nacht und Nebel -noche y niebla); esto es, ejecutada y quemada. 

Barco Prisión, Cabo Carvoeiro 


La madrugada del 12 de septiembre de 1944 fue trasladada en tren a Múnich, junto a dos compañeras, y de ahí las llevaron caminando al campo de concentración de Dachau. Al día siguiente, a las 08:20 de la mañana, las sacaron de la celda y las llevaron a la pared de entrada al horno crematorio. Las tres prisioneras se agarraron las manos. Los dos oficiales de las SS le pegaron un tiro en la nuca a cada una. En el suelo yacían sus tres cuerpos encadenados antes de que las llevaran a cremar. Fueron tres de las más de 42.000 víctimas asesinadas allí. 
 
En Marsella, Surrey o en Valençay aún hay placas en su honor. Ha sido homenajeada en múltiples ocasiones por su lucha para organizar la resistencia francesa. 
 
Murió a los 26 años, tan sólo dos años después de casarse. Su madre Elisa, enlutó para siempre, y Josefa perdió a su primera amiga de Madrid. 
 
Josefa ayudó mucho a Elisa porque habían pasado por lo mismo y tanto Josefa como Elisa se murieron sin poder hablar de sus familias, ni siquiera contar cómo había muerto el marido de una o la hija de la otra. 
 
Juntas hicieron varios viajes al sur de Francia, una vez terminada la II Guerra Mundial, quizás siguiendo los últimos pasos de Eliane. 
 
Josefa estuvo en casa de Elisa hasta que se murió su madre, entonces volvió a El Cerro para cuidar de su padre, hasta que él también murió. Entonces se puso a vender café de contrabando que llevaba al pueblo María “la del café” y a limpiar el Bar Norica. 
 
Estuvo limpiando casas para poder vivir hasta 1979 (71 años) que fue cuando mi tío José le arregló los papeles para registrar el fallecimiento en la Guerra Civil de su marido y que así pudiera cobrar una mínima pensión. Josefa tuvo la primera alegría de su vida. Mis hermanos y primos iban a visitarla a su soleada casa de la calle El Sol, y allí murió el 11 de mayo de 1981. Poco pudo disfrutar de su jubilación. 
 
Éste es el resumen de una vida intensísima de una mujer luchadora rodeada de grandes mujeres
 
Mi madre siempre me ha contado la historia de su tío Benito y de su tía Pepa y una tarde cualquiera empecé a buscar datos. Gracias a la ayuda del investigador Francisco Javier Tornero pude atar algunos cabos. A los meses, cuando le conté esta historia a mi madre: la de Josefa y la de su querida señora Elisa y su hija Eliane, mi madre lloró. 
 
Yo también lo hice muchas veces. No la conocí, apenas tenía un año cuando murió, pero desde que empecé a investigar su vida no hay día que no mire su foto porque, después de todo, sonríe. Vivió una realidad más dura que cualquier ficción, que cualquier película. Rodeada de muerte, de guerras y de sufrimiento. 
 
Me pregunto todos los días si es justo que haya personas buenas que pasen por esta vida sin poder paladear la felicidad pero, después, miro su foto y sonríe. He derramado lágrimas al escribir su vida, al contarla y al recordarla; siempre me pongo muy triste, pero después tengo su sonrisa grabada en la retina y me alivia. 
 

Es justo que yo te escriba esto y dejes de ser anónima. Es justo que deje escritos los asesinatos de Estanislao, de Juan y Manuel Patricio, y de Eliane. Tienen un lugar en mi memoria, igual que tú. Gracias por dejarme tu sonrisa, tita Pepa.

 

PD.- Hoy, 24 de noviembre de 2016, al transcribir esta historia con el único fin de no perderla, he vuelto a llorar. 

Con el paso del tiempo -y de la obsesión- he conseguido muchos más datos de toda esta historia -que aún la hacen más dura- y, lo más importante, localicé a una nieta de Elisa que vive en Barcelona.

Ella, Margaret Browne, me corrigió, intercambiando mails, fechas y lugares:

“Mi abuela murío hace tiempo y mi madre la única que me podía contar ha muerto también. Yo solo le puedo contar cosas de mi familia.

Henry murío de peritonitis en Inglaterra. Mi padre Albert murío en Madrid. Mi tía Eliane murío en Dachau en el año 1944. Mi abuela recibío un telegrama anunciando su muerte en el año 1946 o 1948 (Esta la última cifra un poco borrosa) esta en mi  poder el telegrama”.

Es cierto que, desde entonces, no dejo de pensar en Josefa, en mi tía Pepa. No me la quito de la cabeza. Algunas personas que la conocieron me hablan de su bondad, algunos vecinos de El Cerro de Andévalo escribieron al Huelva Información ahondando en esta virtud. 

Hace poco mi madre fue al cementerio de El Cerro a limpiar su lápida, por el Día de los difuntos, y yo no pude acompañarla. Le pedí otra vez a mi madre que me explicara bien dónde está su nicho.

Tengo pendiente visitar Aznalcóllar e investigar aún la historia de Estanislao, porque se lo debo a mi tía.

¡Ay, mi tía Pepa! Creo que ella no llegó a verme porque tenía cataratas, pero me dejó su sonrisa.

Mi abuela Sebastiana, su hermana, que murió algunos meses después que ella, me tenía en brazos a todas horas y estoy seguro de que me susurraba las historias de su -mi- familia.

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Militantes, no militares.

Militar en un partido político no es fácil. A veces –ya lo han dicho otros- se milita, pero no se simpatiza. Formar parte de un partido político es aceptar la forma en la que está organizado. Eso pasa en cualquier grupo formal o informal en los que participemos: hay que aceptar las reglas. No es obligatorio militar, por lo tanto, siempre queda el compromiso que uno adquiere como límite de lo que está dispuesto a conceder al espacio común.

Quien ha militado en cualquier partido ha sopesado, en algunas ocasiones, si merece la pena hacerlo o no. Tiene que ver más con una historia de arraigo común y encuentro, que con los dislates ocasionales. Si no, no se explicaría tener que pagar una cuota y acatar constantemente las decisiones que han tomado, en muchas ocasiones, sin contar contigo.

Es como el fútbol. No puedo explicar por qué soy del Betis, del Barça, del Sevilla, del Atleti o del Madrid sino es porque mi abuelo, mi hermana, mi padre, mis amigas o mis vecinos me enseñaron a serlo. No hay más.

En incontables ocasiones no he sabido explicar con atino por qué soy del PSOE. No supe entender algún indulto o alguna reforma, como para poder defenderlo fuera.

Y pasa como con todo en la vida. Para mí, mi familia es la mejor; mi equipo es el mejor; mi pueblo es el mejor; mi partido es el mejor. Después, cuando uno se para a pensar, se da cuenta de que su familia no es perfecta, su equipo juega mal, su pueblo no es del todo bonito, y su partido mucho menos. Y es que la vida trata de elecciones, con fortuna o sin ella, que hagan sentirte bien.

Claro que sería más fácil no ser de ningún partido, o poder cambiar, con coherencia, de uno a otro. Seguro que es lo más sano y lo más inteligente pero, a quien le guste mucho la política, sabe que, al final, termina mojándose más y más, hasta que le cala.

Sin embargo, la implicación -que es más pasional que racional- tiene que tener unos límites. En ningún caso un partido político puede convertirse en un ejército. De ninguna forma sus militantes, simpatizantes o votantes, pueden parecerse a hinchas de un equipo de fútbol. Siempre deben existir unas reglas básicas que, en el caso de los militantes de mi partido, son los estatutos y reglamentos que nos hemos dado.

En el PSOE se “respeta la libertad de conciencia y la libertad de expresión en el seno del Partido y se garantiza la total libertad de discusión interna”. Además, su organización se inspira en “el cumplimiento de las decisiones adoptadas por los órganos competentes”.

Los afiliados y afiliadas “no pueden prestar su apoyo o participar en manifestaciones, actos o cualquier otra iniciativa política promovida por otras organizaciones expresamente prohibidas por los órganos del Partido o cuya convocatoria encierre contradicción con las resoluciones del Comité Federal y/o Congresos del Partido”. En el caso de que “se observe mala conducta cívica o ética, falte al programa o a los acuerdos o resoluciones del Partido, exprese públicamente sus opiniones en términos irresponsables o con deslealtad al Partido o a sus afiliados y afiliadas, cometa actos de indisciplina, injurie o calumnie a alguna persona afiliada, o de cualquier otra forma viole las obligaciones que a todos los afiliados o afiliadas del Partido imponen los presentes estatutos, será sancionado –incluso con la expulsión-“.

Quizás, para algunos, sea un excesivo peaje y, es por eso, que tanto para afiliarse como para darse de baja, sólo es necesario pedirlo.

No es normal que haya militantes que desconozcan nuestros Estatutos y menos que, aun así, tengan cargos orgánicos e institucionales. No puede ser que militantes insulten, injurien o calumnien a otros compañeros por tener una opinión distinta; o que no acaten las resoluciones del mayor órgano entre Congresos.

Seguramente tengamos que evolucionar en los mecanismos de participación de la militancia, en la transparencia, en abrir el partido a la sociedad; pero no podemos olvidar que, mientras cambiamos nuestras normas, nos dimos unas que siguen en vigor.

No estamos en una Compañía, somos compañeros. No somos militares, somos militantes. Y, aquí, los golpes nos lo hemos dado todos juntos, en innumerables ocasiones, pero también nos hemos levantado. Porque, en el PSOE, Guerra significa Alfonso. Los socialistas han muerto en el mismo bando, tanto en el 36 como luchando contra ETA. Así que ya está bien, ya está bien: No se conquista una idea con un ejército.

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No, compañero: Susana es de derechos.

En estos días leo insultos de todo tipo a cuenta de la situación por la que está pasando el PSOE. La mayoría de ellos, una vez revisados sus perfiles en redes sociales, son de ilustrados militantes y/ o simpatizantes de Podemos que aprovechan para pescar en río revuelto. Sin embargo, a veces, uno se encuentra con algún militante socialista y, he aquí, el trago doloroso.

Algunos de los nuestros compran el discurso fácil porque así se impregnan del marchamo de la izquierda más auténtica, aunque eso contradiga otras cuestiones con las que predica.

Esto es: soy de izquierdas pero puedo hacer comentarios machistas o soy de izquierdas y además sé distinguir quién es más o menos que yo, entre mis propios compañeros, mejor que el barómetro del CIS.

Y, entre todo esto, me encuentro con algo que me parece del todo injusto e innecesario, que es  comprar la mentira a pesar de todo.

Llevamos meses asistiendo a una campaña de descrédito contra Susana Díaz, tanto desde la izquierda como desde la derecha. Ya sé que entra dentro de esa incierta normalidad política y, además, parece más propiciada por el temor que inspira en sus contrincantes políticos enfrentarse a ella en las urnas.

El que asista a algún Pleno del Parlamento andaluz puede observar cómo, en los últimos meses, el portavoz popular ha tachado incansablemente de ambiciosa o de soberbia a Susana Díaz, desprendiendo un ligero tufillo machista. Porque aún parece que si una mujer gobierna, tiene poder o manda, está mal, ya que esto solo está reservado a los hombres. Basta con observar la campaña estadounidense y comprobar cómo Trump recurre al machismo, una y otra vez, intentando asociar a Hillary la imagen de una mujer que abandona a su familia por alcanzar el poder. En fin, lo de siempre.

En estos días he encontrado memes faltos de gracia que, precisamente, atacan a Susana Díaz por ser mujer, ya que en nuestro país si una mujer alcanza la cima del poder político o empresarial es, cuando menos, porque es muy mandona.

Pero también cierta prensa se presta a esto. Desde Mercedes Milá, que no confía en una mujer que siempre se peina igual, a los artículos sobre los hombres que están detrás de ella –porque sin hombres es muy difícil que llegue a ningún lado-. Incluso, habitualmente, se recurre a su condición de madre con normalidad, algo que no se hace con políticos que son padres.

A todo esto se enfrenta cualquier mujer de nuestro país que llegue a dirigir una organización de cualquier tipo, ya sé que no le ocurre solo a Susana Díaz. Pero esto venía a explicar la tristeza que me produce encontrar los mismos comentarios machistas calcados a personas que, precisamente, están acusándola de ser muy de derechas y ser ellos muy de izquierdas.

Y es que hay mucha gente de izquierda, con el carné de ser de izquierda -que debe ser como una cartulina roja, por puntos, que te entregan con el Pravda-, pero que resultan que no son de izquierda ni a la hora de cortar el pan en sus casas.

Acusan de derechistas a los únicos políticos que están resistiendo, con políticas de izquierda, a la derecha en este país.

Y te encuentras con que Susana Díaz es de derechas, porque esto ya lo dijeron los de PODEMOS esos que suben sus fotos  yendo a la Semana Santa -se sabe que en Andalucía la Semana Santa es para algunos fanáticos derechistas-.

Y, con total impunidad moral, viviendo en la mayoría de los casos en comunidades gobernadas por el PP, se enrocan en que Susana Díaz es de derechas, a pesar de que en Andalucía se esté realizando un esfuerzo por mejorar los derechos de la ciudadanía, que se haya aprobado una Ley de Transparencia como no hay otra igual, que se estén poniendo en marcha multitud de planes de empleo, que se incrementen las becas y ayudas al estudio o que se apruebe una Ley de Memoria Histórica sin precedentes en este país.

No, compañero, no: Susana Díaz es de derechos. Y, aunque consideres que la batalla ideológica se conquiste a base de tuits o de insultos en Facebook, la política es lo único que realmente nos diferencia de la derecha. Esa derecha a la que cada vez te vas pareciendo más –tanto en discurso como en señalar a la misma adversaria-.

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